Freud había escrito en 1901: “Zeus parece haber sido primitivamente un toro, y
también nuestro viejo Dios habría sido adorado primero como toro”.
Abundante experiencia psicoanalítica ha revelado que la idea de Dios procede de fantasías
relativas a la percepción por parte del niño de la figura paterna como omnipotente.
Por tanto, el sacrificio del toro-Dios ha de representar una continuación o, siquiera,
un eco del impulso original, reprimido luego, hacia el parricidio (Desmonde,
1952).
En este sentido, puede juzgarse como una intuición genial que García Lorca
(1933) hablase de “la liturgia de los toros, auténtico drama religioso donde, de la misma
manera que en la misa, se adora y sacrifica a un Dios”.
Observó Robert Waelder (1965), “El psicoanálisis, ciertamente, es consciente de la
crueldad implícita en la pasión de las corridas de toros, pero las faenas son más que un
espectáculo sádico. En la corrida de toros contrasta dramáticamente la furia incontrolada
de la bestia con la fuerza del hombre originalmente mucho menor, pero superior
por su control cerebral. David vence a Goliat”. Ciertamente, la cara y cruz de lo humano
contra lo animal, de la inteligencia contra el instinto, de la vida contra la muerte
deben resultar interesantes para el psicoanálisis.
Sin embargo, existen muy pocos trabajos publicados sobre la tauromaquia en la literatura
psicoanalítica. En uno de ellos, de Winslow Hunt (1955), se puede leer: “Es sorprendente que una institución tan dramática y anacrónica no haya despertado más el
interés de los psicoanalistas”.
La escasa atención prestada por el psicoanálisis a esta
espectacular manifestación cultural ha sido atribuida a la influencia del prejuicio. El
psicoanalista Martin Grotjahn (1959) sostenía: “Los aspectos horribles de la tauromaquia
anulan el interés que posee la simbolización inherente a su ritual. Quizás esto
explique la escasez de los intentos analíticos de interpretación de la fiesta”.
En algunos
de los artículos psicoanalíticos sobre la tauromaquia, la fiesta ha sido interpretada
como la representación de un drama edípico: el hijo derrota al padre; la cuadrilla del
matador sería lo que en Tótem y tabú, Sigmund Freud conceptuó como “horda fraterna”.
Las normas y estipulaciones rituales por las que se rigen las corridas podrían ser
interpretadas como estrategias psicológicas defensivas contra la culpabilidad inherente
al parricidio simbólico. Los imperativos categóricos condenatorios de la conciencia del
propio matador se ven contrapesados por la aprobación social del medio —en la medida
en que el Superyó individual continúa siendo permeable a la influencia externa—.
En este contexto parece pertinente la idea freudiana de la “fiesta conmemorativa que convierte en un deber la reproducción del parricidio en el sacrificio del animal totémicos.
http://www.dendramedica.es/revista/v7n2/Psicologia_de_la_aficion_taurina.pdf
http://www.dendramedica.es/revista/v7n2/Psicologia_de_la_aficion_taurina.pdf
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